lunes, 27 de octubre de 2008

Algunas reflexiones sobre el imperativo de moverse y el narrador.-




En los espectáculos que presenta el grupo Cuentos y Encuentros en La Bodega del Café Tortoni, pedimos siempre a los asistentes que contesten una pequeña encuesta.
Las opiniones (sean o no favorables) nos ayudan siempre a mejorar nuestro trabajo. Invariablemente las leemos todas y todas nos importan.
No hace mucho, una de esas opiniones decía que no le resultaba atractivo que las narradoras permaneciérmos quietas, sin movernos. Aclaro que en el Tortoni tenemos que trabajar con micrófono por las dimensiones del lugar y para asegurarnos de que nuestra voz se escuche hasta la última fila y que usamos un micrófono de pie para poder tener las manos libres. Obviamente, eso nos impide cualquier desplazamiento.
Más allá de esa circunstancia, el comentario me hizo reflexionar sobre la opinión que cada vez se expande más acerca de la necesidad de que el narrador no permanezca quieto.
Sinceramente ignoro cuándo, cómo y por qué comenzó a difundirse esa opinión. Pareciera que si un narrador no se mueve no es buen narrador.
Yo creo que hay historias que pueden conectar mucho mejor al narrador con el espectador desde la más absoluta quietud. Historias intimistas, coloquiales, casi confesiones de cuentos en primera persona, parecen llegar mejor cuanto más se confía en forma única y excluyente, en el poder de la palabra.
Por el contrario, el movimiento que no tiene justificación alguna en el texto, perturba, distrae. A mí me recuerda a las maestras o profesoras que se mueven por el aula cuando dictan clase, y no hay nada más distante de las expectativas de comunicación de cualquier narrador.
Vale recordar también que no son pocos los narradores que cuentan siempre sentados, quietos. El colombiano Oscar Corredor cuenta invariablemente sentado porque así lo decidió. Dora Apo, maestra de la narración en Argentina también lo hace así.-
En mi opinión, se puede llegar mejor al público desde la quietud excesiva que desde el movimiento excesivo, y, ante la duda, prefiero confiar en la palabra antes que en el movimiento.

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